10 de mayo de 2009

LA CASA DE BERNARDA ALBA, versión de Lluis Pasqual

La casa de Bernarda Alba. Federico García Lorca.
Dirección: Lluís Pasqual.
Teatre Nacional de Catalunya. Barcelona. Hasta el 28 de junio. www.tnc.cat/.
Matadero. Madrid. Del 10 de septiembre al 25 de octubre. www.mataderomadrid.com/


EL PAÍS. Marcos Ordónez 09/05/2009

Mira que he visto veces La casa de Bernarda Alba y no me había dado cuenta de que hay un agujero capital en la red de tensiones. La matriarca encierra a sus hijas a cal y canto ("en ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle"), pero Angustias va a casarse con Pepe el Romano, que se aposta en su ventana noche sí y noche también. ¿Cómo se come eso, si hasta La niña de luto, de Summers, que pasaba en la Andalucía de los años sesenta, afirmaba lo contrario? O Lorca no tuvo tiempo material de corregir el gazapo, por sobredosis letal de café, o su Bernarda no es tan monolítica como parece. O ambas cosas, claro. Pero no es ése el asunto. El asunto es: ¿por qué no lo he percibido hasta ahora? Quizás haga yo de la necesidad virtud, pero a veces la percepción funciona por contaminación, y lo cierto es que el montaje de Lluís Pasqual en el TNC parece decantarse por la opción B: Bernarda (Nuria Espert) está empezando a perder su poder, a resquebrajarse. No es la Bernarda a la que nos ha acostumbrado la tradición. No es un tío con faldas, no es un leño seco, no es una vieja corrupia. Es una mujer todavía atractiva, elegante, casi una gran dama sureña, y aún lleva la sombra del deseo pintada en la cara, por así decirlo. Hay un claro antecedente, no idéntico pero cercano: la Bernarda feroz y sensual, señoraza mexicana a lo Katy Jurado, de María Jesús Valdés en el montaje de Calixto Bieito. Bernarda / Espert sigue siendo un monstruo pero un monstruo-víctima (de su educación, de sus prejuicios), en la línea de la madre del Opus que bordó Carme Elías en Camino, de Fesser. Y lo más importante: sabiamente guiada por Pasqual, la Espert rompe con otra tradición, la de que el bicho "no tiene recorrido", que Bernarda es un personaje hueso porque "no le pasa nada", porque empieza y acaba igual. Narices: al final queda destrozada, y consciente de que ella es la causa de la peste. Aquí adivinamos su pasado y su futuro. Pasado: amó a un hombre y se le cerró (o le cerraron) el corazón. Futuro: no cuesta imaginarla como María Josefa, su madre loca, anhelando un mar de espumas, abrazando a un hijo imposible. La Espert no hace una Bernarda trágica sino naturalista, como pedía Lorca ("¡realismo, realismo puro!"), muy contenida y, sobre todo, contradictoria. Vemos el broche de su dibujo en su última y espléndida escena, donde traza y condensa las emociones enfrentadas del personaje: dispara sobre Pepe el Romano como si fuera un rival amoroso y arroja la escopeta como si le quemara, y cae al suelo como una pantera herida tras la muerte de su hija, y proclama: "¡No quiero llantos!" mientras rompe a llorar. Sabe que ha perdido definitivamente la partida cuando proclama, patética, "¡ha muerto virgen!", y su petición final de silencio es, más que una orden, la constatación de su condena: todas, y ella la primera, quedarán encerradas en la casa: gran trabajo, que despliega lentamente sus capas, casi diría que sin juzgar al personaje. Poncia es Rosa María Sardá, que vuelve a la escena con un bocado al fin a la medida de su boca: el verdadero bombón de la obra, esa criatura casi shakespeariana, sierva y consejera, soberbia y humillada, que teme y desea la desgracia como una tormenta purificadora. La Sardá está graciosa, viva, compleja, a caballo entre la malicia popular y la maldad profunda. Mínima pega: gesticula demasiado, y no le hace falta. Estupenda también Teresa Lozano como la abuela, a la que Pasqual ha marcado otro doble y sugestivo perfil: capaz de alzarle la mano a Bernarda, de fulminarla con la mirada (era preciso trazar ese vínculo, esa herencia), y de vagar por la noche, conmovedora, cantándole una alucinada nana a su corderito. Y Tilda Espluga, impecable en el breve pero bien perfilado rol de la criada. Muy bien, en su punto, la Angustias de Rosa Vila, la Magdalena de Marta Marco, la Amelia de Nora Navas: contenidas también, sin declamación ni retórica. Martirio es la hija más difícil de servir, y a Rebeca Valls le falta todavía un hervor de locura, sobre todo en su enfrentamiento final con Adela. Almudena Lomba, casi una debutante, es Adela y es la sorpresa de la función. No tiene la técnica precisa pero exhala una verdad fresca y creciente, y sabe llegar a la intensidad de su escena clave, cuando proclama su decisión en la tirada más hermosa y valiente de un personaje femenino en el teatro español. Entre los logros de Pasqual, pues, destacan los reenfoques de Bernarda y María Josefa, los soberbios diálogos de la Espert y la Sardá, donde muestran una química perfecta, y la apuesta por Almudena Lomba, y el trenzado del complejísimo estallido final, cuyo preludio es esa cena casi de western, con la calma tensa que precede al ataque de los indios, pero hay algo en la función que aún no acaba de cuajar. Yo lo atribuyo a la escenografía de Paco Azorín y a la disposición en pasillo, con gradas. El blanco omnipresente se traduce en una sobredosis de azulejos que hacen pensar en un orfanato o un manicomio. O una sala de autopsias. No se siente el calor asfixiante, todo lo contrario: más bien parece que haga fresquito. Y el pasillo, para mi gusto, dispersa la tensión (como si siempre estuvieran de paso, camino a otras partes de la casa) y la proyección de la voz: con tanto giro se pierden frases y me temo que emociones. No obstante, el espectáculo fue recibido con enormes y merecidos bravos, y público puesto en pie. Estará en Barcelona hasta el 28 de junio, y se verá en el Matadero de Legazpi del 10 de septiembre al 25 de octubre. Hay otra cosa que no quisiera dejarme en el tintero. Me cuentan que no hubo ni un político del tripartito catalán, ni una "autoridad cultural", en ese estreno que era mucho más que un estreno: Lorca en el Nacional catalán, dirigido por Pasqual y con Espert/Sardá encabezando el reparto no es, diría yo, algo que se vea todos los días. Tampoco se dignaron enviar un representante a Alcalá cuando Marsé recibió el Cervantes, de lo que se podría deducir que ni Lorca ni Marsé son "de los suyos". Ya vamos sabiendo a qué atenernos. -

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