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6 de febrero de 2010

EL TEATRO Y LA REPUGNANCIA. Daniel Fermani

EL TEATRO Y LA REPUGNANCIA

Por Daniel Fermani

En un instante es posible saber lo que sucede en las antípodas del mundo o puede enviarse un mensaje que llegará pocos segundos después a cualquier lugar del planeta, o también se puede localizar a una persona en donde se encuentre, a través del teléfono celular. El sistema consumista nos ha convencido de que vivimos en la “era de las comunicaciones”. Este axioma implicaría tácita y no tan tácitamente que nunca estaremos solos, que el silencio puede ser nada más que una elección, que podemos estar junto a todos nuestros seres queridos solamente apretando algunos botones. Y en un cierto sentido todo esto es cierto (de la superación de la soledad a la felicidad debería haber sólo un paso, por lo tanto sáquense las debidas conclusiones acerca del poder de las herramientas con que el mercado maneja nuestras convicciones). Lo que no revela el sistema deshumanizante en el cual vivimos, es que toda esta tecnología no nos está comunicando verdaderamente, sino que nos está aislando ulteriormente, convirtiendo al hombre en un ser que habla sólo por máquinas y a través de máquinas. El ser humano ya no necesita la presencia física de otro ser humano para intercambiar información, para trabajar o para expresar lo que siente. El abrazo, el beso, la cercanía física, el roce entre dos cuerpos que se comunican también a través de su proximidad, van perdiendo vigencia en nuestra sociedad a tal punto que llegará un día en que todos éstos serán gestos que provoquen desconfianza, y de allí pasarán a ser de mal gusto e incluso inmorales. Este sistema cómodo e impersonal impuesto por la tecnología producirá paulatinamente una repugnancia hacia la verdadera comunicación, la comunicación que requiere la presencia en cuerpo y alma de dos o más personas, en un tiempo y espacio determinados. Porque esta tecnología de la comunicación ha roto también el paradigma del tiempo, y un mensaje escrito la semana pasada puede llegar hoy a nuestro teléfono celular, con su contenido actualizado por este error del sistema, y por lo tanto influirá en el instante de su arribo sobre nuestra existencia con un retraso que se actualiza casi mecánicamente. Y viceversa, la velocidad de llegada de nuestros mensajes tecnológicos (pretendidamente humanos) hace que cuerpo, mente y espíritu se debatan en la vorágine de una fuerza centrípeta en la que ya no pueden mantenerse unidos sino a costa de esfuerzos enormes y de “carreras contra el tiempo”. Porque el tiempo tradicional también ha sido manipulado por la tecnología de la “era de las comunicaciones”, a tal punto que no sólo podemos resolver numerosos compromisos sociales y laborales a través de Internet y del celular, sino también que el trabajo que antes precisaba horas para ser llevado a cabo, ahora requerirá minutos, por lo tanto la explotación del hombre se ve inmensamente favorecida por esta mencionada tecnología.
¿Pero qué tiene que ver esto con el teatro?
El hombre actual se aleja cada vez más de cualquier tipo de comunicación que implique la presencia física -al menos de la verdadera comunicación, la que significa intercambio de ideas, discusión y debate generadores de reflexión y pensamiento- y por lo tanto un hecho artístico que lo obligue a una interacción con y entre personas de carne y hueso, le causará cada vez mayor repugnancia. El teatro vuelve la presencia física de espectador y actor un hecho obligatorio, y se trata de una presencia no sólo física, sino de una actitud, predisposición y desnudez espirituales que llevan a ambos protagonistas del hecho teatral antes que nada a un compromiso humano. El espectador teatral baja las defensas, deja de lado su desconfianza y sus prejuicios, para dejarse atravesar por alguien que está cabalgando sobre defensas, desconfianza y prejuicios: el actor. Y ese compromiso mutuo cuesta cada vez más. Es un esfuerzo que de tan humano empieza a resultar inhumano. Y de tan inhumano se vuelve ciclópeo para el hombre común, que habla con Japón dos veces por día, escribe a amigos de todo el país en su celular, y chatea con los europeos cada vez que puede o “tiene tiempo”. Pero ninguna de estas actividades “comunicativas” le requiere lo que una obra de teatro: poner su cuerpo en una butaca, abrir su mente y disponer su espíritu para que sean penetrados por el arte vivo, ése que encarnan otras personas de carne y hueso arriba del escenario.
Se vive un mundo en el cual la cercanía física de las personas no implica comunicación, ni mucho menos intercambio, solidaridad o tolerancia, y a su vez la comunicación prescinde cada vez más de la cercanía física. Paradójicamente pareciera que el ser humano –humano quiere decir miembro partícipe de una comunidad que construye y sostiene su andamiaje cultural- se dirige hacia el aislamiento absoluto. Un aislamiento lleno de palabras, palabras que salen de pantallas y auriculares.
¿Podría esta explicación dar razón de la ausencia de espectadores en el teatro, de la reticencia a presenciar obras de contenido, de la demolición imparable de los lugares de teatro en nuestras comunidades, de la amnesia gubernamental acerca de todo lo referido al arte teatral?(1) Tal vez no, tal vez se trata de una especulación demasiado forzada, y los problemas del teatro actual se deban sencillamente a su natural decadencia como forma artística, y a la forzosa difusión y profundización de la ignorancia en la población, que ya no entiende ni se interesa por este tipo de manifestación del arte.
Sin embargo, la fuerza que mueve al teatro es intrínseca y sigue generando material, como un agujero blanco que tuviese la forma de un escenario y dejara escapar actores, dramaturgos, escenógrafos, vestuaristas, iluminadores, tramoyistas. La cuestión es qué hacer con esta energía y con esta pequeña comunidad de exiliados en un mundo que hace arcadas frente al arte vivo.
Si como afirmaba Hamlet, el teatro es capaz de hacer confesar al criminal su crimen, deberíamos obligar a toda la población a asistir a las representaciones teatrales para individualizar en ellas a los asesinos ocultos del teatro. No es casual que políticos, demagogos, cómplices y sicarios del sistema nunca asistan al teatro.
Pero el anatema sigue incólume, y podemos observar fenómenos sorprendentes, como lo son el brote y la difusión exitosa de manifestaciones populares como el teatro comunitario, sin que este hecho influya, renueve ni impulse en absoluto la actividad teatral tradicional y su incidencia en la sociedad. Probablemente la cuestión es resultado de una intrincada red de factores que tienen en lo político y lo económico su base, en lo tecnológico su estructura, en lo cultural su motivación y en lo social su justificación. Probablemente las razones de la existencia del teatro, ésas que siguen contaminando a muchas personas para llevarlas a trabajar toda su vida en este arte, hayan quedado aplastadas para el resto de la sociedad a causa de algunos de estos factores o de una combinación letal de todos ellos. La negación de la importancia del teatro para el mantenimiento de la salud social, y la banalización permanente de este arte, considerado suntuario y de entretenimiento desde muchos ámbitos, no sólo el oficial, se explica a la luz de una sociedad incapaz de decodificar, de construir significados nuevos, de imaginar, de crear y por lo tanto de rebelarse.
Ya no podemos decir que nuestra sociedad “sufre” tal o cual mal, sino que debemos acostumbrarnos a decir que nuestra sociedad “es” de este modo, lo cual ya sería un síntoma de madurez que nos ayudaría a aceptar más sinceramente nuestro tiempo y nuestras características. Sobre esta base deberemos entonces preguntarnos si es lícito insistir en preservar valores y gustos procedentes de un pasado ya remoto, o si será necesario idear nuevos caminos, nuevos modos de expresión que condigan armoniosamente con la sociedad en que vivimos. Pero si acabamos de decir que somos incapaces de crear, construir e imaginar, entonces nos encontramos en un callejón sin salida que nos conducirá única e inevitablemente hacia los modelos, vendidos por buenos, de la televisión y los medios de comunicación masiva. La sorprendente tozudez de los artistas teatrales en su empeño por seguir remando contra una corriente que ya no es corriente sino la marea que mueve los océanos, puede ser solamente un síntoma de enfermedad, un gen recesivo que trae a la superficie una tara ya masivamente superada en el resto de la humanidad.
El teatro posiblemente sea entonces uno de estos genes recesivos, el más recesivo y el más urticante de todos, porque sigue discutiendo en carne y hueso con personas de carne y hueso, mientras que el resto de las disciplinas artísticas tienen la ventaja de soportar insultos y alabanzas en silencio, sin la disgustosa presencia del artista. Habría que intentar la supresión total de este tipo de manifestaciones teatrales y de quienes las realizan, para comprobar sus efectos en la sociedad a corto, mediano y largo plazo. Un mundo sin teatro ni teatristas no es un imposible, ya fue intentado por algunos regímenes totalitarios, y como es evidente la humanidad ha seguido en pie. Si la salud de nuestra sociedad se mide por el grado de productividad, pero sobre todo de consumismo, como demuestran diariamente los índices oficiales de gastos y consumo de la población, sería muy recomendable dar este golpe y perpetrar de una vez esta eliminación, que sin duda va a generar un saludable aumento del citado consumismo. Obligar a un normal ciudadano a presenciar la actuación de otra persona viva, de carne y hueso, en un momento y un lugar –un aquí y un ahora- puede ser una tortura inútil como aquélla a la que fue sometido el protagonista de “La naranja mecánica”, y sus resultados, como en el caso de esa célebre novela, distarán mucho de ser los esperados. Mantener los ojos abiertos con pinzas para obligar a ver lo que debiera o no debiera ser, no funciona. El orden del mundo también es una construcción derivada de un pensamiento, y es hora de reconocer que nuestro mundo actual no es la construcción que tenían los griegos del S. V a C., ni los ingleses que propulsaban el teatro en la época Isabelina.
Por lo tanto, ¿existe un modo de adecuar el teatro a este mundo y a esta época, o seguiremos insistiendo en un arte que parece perimido en esta estructura socio-político-económico-cultural? Naturalmente, la respuesta de todos los que aman el teatro (que no deben llenar una provincia argentina los verdaderamente enamorados, en este amplio y vasto mundo) sería que se debe seguir adelante contra viento y marea. Es una respuesta más estúpida que suicida, si bien algunos podrían aducir que adecuar el teatro a estos tiempos es tan sacrílego como dejar de hacer teatro.
Quién sabe si la experimentación teatral pueda ser un camino, si pueda brindar una opción de supervivencia legítima al arte teatral ante la “era de las comunicaciones”, o si muy por el contrario, esta experimentación y sus muy discutidos resultados no hacen más que complejizar el problema, colocando el arte teatral en un plano de incomprensibilidad que lo enrarece y lo vuelve aún más repugnante al hombre tecno-consumista.

(1) Hablamos naturalmente de teatro underground, independiente, el teatro de búsqueda y de contenido, incluso en el género llamado cómico. No hay tanto olvido oficial en el momento de ofrecer salas y cachet a las compañías comerciales o a las “estrellas” salidas de los escenarios televisivos.

(Tomado de LA VORÁGINE Revista Independiente de TEATRO. Nº 23. Noviembre 2009)

13 de junio de 2009

SAGUNT A ESCENA. El Festival d'Estiu de Teatres de la Generalitat

VALENCIA, 13 Jun. (EUROPA PRESS) -

El Festival d'Estiu de Teatres de la Generalitat-Sagunt a Escena, que comenzará el próximo 11 de julio y se prolongará hasta el 22 de ese mismo mes, contará con la participación de artistas como Rafael Amargo, Nacho Duato y Ainhoa Arteta, según anunció hoy en rueda de prensa la consellera de Cultura, Trini Miró.

La programación del certamen, que se desarrollará en dos escenarios principales, el Teatro Romano de Sagunto y la Nave de Altos Hornos del municipio, fue presentada hoy por Miró, en un acto al que también asistieron la directora general de Teatres de la Generalitat, Inmaculada Gil Lázaro, el primer teniente de alcalde de Sagunto, Juan Serrano, y el bailaor y coreógrafo Rafael Amargo, que abrirá la temporada con el estreno mundial de su montaje coreográfico 'La difícil sencillez'. Entre el público también se encontraba el diseñador valenciano Francis Montesinos, que participará en el vestuario de las representaciones.

Miró destacó que Sagunt a Escena es ya "el gran festival de las Artes Escénicas de la Comunitat" y ratificó el compromiso de la Generalitat con un certamen que está "a la altura de otros de Teatro Clásico celebrados en el territorio nacional, como el de Almagro o el de Mérida", dijo.

No obstante, la titular de Cultura criticó que mientras ellos reciben "una gran ayuda por parte del Gobierno", el Festival d'Estiu "está financiado íntegramente por la Generalitat, con un presupuesto de algo más de 850.000 euros".

La presente edición del Festival d'Estiu coincidirá con los festivales de Mérida y Almagro en títulos como 'Fedra', 'Los gemelos', 'La dama duende' o 'Fuenteovejuna', montajes a los que se sumarán otros espectáculos de calle que, como cada año, amenizarán las playas y zonas del casco antiguo de Sagunto.

La consellera destacó también los "grandes nombres" que este año participan en el festival, entre los que destacó el estreno mundial de 'La difícil sencillez', nuevo montaje coreográfico de Amargo, que se podrá contemplar el 11 y 12 de julio en la Nau de Sagunt. En palabras de Miró, se trata de un bailarín y coreógrafo "ecléctico, que conoce bien las esencias más puras del flamenco, pero al mismo tiempo ha asimilado otro tipo de lenguajes coreográficos".

El propio bailarín agradeció la posibilidad de bailar en el escenario de La Nau de Sagunt, un espacio que consideró "mágico y maravilloso". En relación con su montaje, explicó que se trata de una adaptación de la conferencia 'Juego y Teoría del Duende' de García Lorca, "en un soporte audiovisual muy íntimo y con personajes de gran duende".

Asimismo, elogió la iniciativa del Festival d'Estiu, que consideró "uno de los referentes nacionales", y aseguró que mientras en el resto de España "la crisis llueve para todos, incluso para la danza", en Valencia "parece que sólo chispea".

Por otro lado, se presentó el próximo espectáculo de Nacho Duato con la Compañía Nacional de Danza, que por primera vez participarán juntos en el escenario la Nau, durante los días 24 y 25 de julio, presentando las piezas 'Arenal', 'Kol Nidre' y 'Por vos muero'.

A esta programación se sumará la reconocida soprano Ainhoa Arteta con su trabajo más novedoso, 'La vida', en el que interpretará versiones de temas originales como 'La vida', de Silvio Rodríguez, 'El día que me quieras', de Carlos Gardel, 'Love me tender', de Elvis Presley, 'Tears in heaven', de Eric Clapton o 'Michelle', de The Beatles.

OBRAS DE LOPE DE VEGA Y PLAUTO

Entre las producciones previstas para el Festival d'Estiu también se encuentra la del británico Laurence Boswell, director asociado a la Royal Shakespeare Company, que vuelve a unirse a la joven compañía Rakatá, en otro proyecto escénico relacionado con Lope de Vega. Tras 'El perro del hortelano', ahora le llega el turno a 'Fuenteovejuna', una producción multitudinaria que reúne a un total de 35 actores y que estará en escena los días 18 y 19 de julio en la Nau.

Por su parte, el escenario principal del Teatro Romano acogerá la puesta en escena de cuatro clásicos muy contemporáneos. El montaje 'La viuda valenciana', del autor Lope de Vega y dirigido por Vicente Genovés, se representará el 8 de agosto. Además, la directora británica Tamzin Townsend llevará a escena 'Los gemelos', de Plauto, el día 15 y el 16 de agosto, con diez actores de alto nivel, músicos acróbatas y bailarines en directo.

Completarán la propuesta de este escenario la representación de 'La Dama duende', de Gabriel Garbisú y compañía Amara Producciones, así como la ópera flamenca de Miguel Narros, 'Fedra', basada en las 'Fedras' de Eurípides, Racine y Séneca, pero narrada con señas de identidad gitanas y música de Enrique Morente.

La nueva edición de Sagunt a Escena contará además con dos montajes para público familiar: 'Ras', de Maduixa Teatre y 'Pedra a pedra', de Teatre de l'home dibuixat. A ellas se suman cuatro compañías de teatro amateur, que encuentran su escenario en el Festival d'estiu: Calandraca, Teatro de la Baranda, Espacio negro y Agora. Finalmente, también se acogerán dos talleres escénicos, uno de danza con Arte libera y sus Gala Endanza, y otro de teatro, con la Fundación Shakespeare y su Hamlet Express.

Finalmente, se incorpora la animación de calle a cargo de Teatre de l'ull y Modelant, así como la instalación artística creada por el crítico de moda y danza Roger Salas, bajo el título 'Hombres en faldas'. Se trata de una exposición a través de la que se explorará el pasado y el futuro de esta prenda en el vestuario masculino.

6 de abril de 2008

LA TRISTEZA DEL TEATRO (Julio A. Máñez)

JULIO A. MÁÑEZ, El país, 03/04/2008

Una de las víctimas de la cultura de escaparate que con tanto afán practica el Gobierno de Francisco Camps es la escena teatral valenciana, que proporciona una especie de encefalograma plano desde hace ya bastante tiempo. Las causas de una situación que cabe calificar de dramática son variadas, pero da la casualidad de que se apoyan unas a otras para ir consumando el desastre. Está por hacer en detalle la historia del teatro público valenciano desde 1987, fecha de la puesta en marcha del Centre Dramàtic de la Generalitat, hasta nuestros días, pero hay que constatar que aquel primer paso tuvo su importancia y colocó a esta comunidad en el mapa escénico español, a menudo pese a la actitud de una profesión autóctona que tomó desde el principio aquel organismo como una simple ventanilla de reclamaciones en la que solicitar el pago por no se sabe bien qué servicios prestados. Unos lo consiguieron y otros no, pero la enemiga fue constante desde los tiempos de Antonio Diaz Zamora como director hasta el final del mandato de Antoni Tordera, hasta el punto de que compañías teatrales de segunda o tercera fila exigían su programación en el Principal de Valencia en cada celebración del Día Mundial del Teatro, un día, por cierto, que este año ha pasado por aquí como de puntillas, tan escaso es lo que hay que celebrar.
Sería un error subsumir esa desidia en la crisis general que desde siempre afectaría al teatro, ya que basta con echar una mirada a la programación en ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao o Sevilla, y al creciente número de espectadores que cosechan, para relativizar la crisis o al menos para contextualizarla geográficamente. Al contrario, todo indica que una programación arriesgada sin mengua de la sensatez contribuye al crecimiento de la asistencia a los teatros, debido tal vez a que el espectador empieza a fatigarse de los a menudo deleznables entretenimientos que vomitan las televisiones. Por extraño que les parezca a algunos, lo interactivo no reposa siempre sobre un soporte digital, de modo que aumenta el número de personas que prefieren asistir desde la oscuridad de la fila de butacas a la respiración, el sudor y el movimiento de los actores sobre un escenario en vivo y en directo.
El teatro es uno de los espectáculos más emotivos cuando la obra -las obras- funciona bien, pero uno de los más detestables y tediosos cuando el espectador, presa de la vergüenza ajena, termina por mirar al techo antes de seguir viendo lo que ocurre ante sus ojos. Rara vez una película produce tanto gozo o tanto espanto como una obra teatral. Y no se trata de repetir una colección de tópicos, ya que sólo el teatro transmite la sensación de que sus creadores se dirigen directamente a cada uno de los espectadores y el cine no es al fin y al cabo más que un sortilegio de la luz. El desdén hacia observaciones tan básicas está llevando a nuestro teatro a la ruina, de la mano de autores dotados de la imaginación propia de la peor televisión, de intérpretes que no saben colocar la voz ni para que se entienda lo que dicen, por no hablar de que rara vez saben qué hacer en escena con su cuerpo, y de directores, en fin, lastrados por una pulcra desidia o arruinados por una incomprensible megalomanía. Curiosamente, lo que ha mejorado mucho, incluso en los trabajos más mediocres, es la iluminación. Un misterio que habrá que descifrar otro día.

27 de marzo de 2008

REVISTA DIGITAL DE LA ESCENA 2007

Como todos los años, el Centro de Documentación Teatral, ha editado la Revista Digital de la Escena. Y mi incombustible amiga Ana, me envía la imagen y el enlace.

No se me ha ocurrido mejor forma de celebrar el Día Internacional del Teatro.



En esta Revista Digital puedes echar un vistazo a los grandes estrenos del año pasado (puedes incluso ver en video algunos retales de las obras), las cifras de los escenarios de Madrid y Barcelona (para darnos cuenta de lo lejos que estamos), entrevistas con personajes de todos los estratos teatrales: directores, dramaturgas, programadores, actrices,... y los datos sobre Festivales y Premios Teatrales del último año.


Espero que la disfrutes tanto como yo.

(Gracias, Ana. Un beso fuerte)

2 de marzo de 2008

EL VENENO DEL TEATRO (Rodolf Sirera)


El teatro era -es- como una droga, como una especie de veneno, contra el cual no hay antídoto. Pero lo perverso atrae sobre la virtuoso. ¿Y qué cosa resulta más perversa en el teatro que el hecho mismo del teatro, la ficción, no de la historia imaginada, sino sencillamente el acto de fingir ante el espectador, aquí y ahora? Por ello, en mi teatro, sobre unas cuarenta obras de todos los estilos y dimensiones, planea, a nivel temático, esta obsesión por el juego dramático, sus límites y reglas, los distintos puntos de vista de sus oficiantes, su magia y también sus miserias. Espejos, siempre espejos, una puerta que da paso a otra puerta: cajitas cuidadosamente embutidas una dentro de otra, y otra más, hasta llegar al último volumen, o, quizá, la nada.
He escrito, pues, a lo largo de los años, obras que eran representaciones de representaciones; biografías dramáticas de actores imaginarios; números de destreza para espectáculos de cabaret en los que se violaba todo tipo de convenciones; piezas irrepresentables que ponían en duda la existencia del espectador, o su ubicación en el espacio; obras mágicas en las que el protagonista principal era el propio teatro vacío, los monstruos oscuros que habitan sus entrañas. De un modo u otro, el tema es siempre el mismo: la seducción de lo perverso. Fingir, mentir, vivir. Sólo la muerte es la única verdad. Sólo la muerte impone límite. Y únicamente en el teatro los muertos resucitan. Únicamente en el teatro la muerte, la verdad objetiva, resulta traicionada.

Rodolf Sirera

19 de febrero de 2008

EL SILENCIO EN EL TEATRO

El silencio es, a veces, tan elocuente o más que las palabras. Sobre todo en el teatro. No me refiero al protagonizado por actores cuya relación con el público se establece exclusivamente mediante la acción y el gesto, como sucede en los espectáculos de mimo o danza. Ni al que a mediados del pasado siglo se propuso expulsar la palabra de los escenarios por voluntad de importantes directores de escena, consiguiendo que la propia representación, con su espectacularidad, sustituyera al texto. El silencio al que aludo es el que se produce en medio de un diálogo. El que se produce cuando el personaje reflexiona encerrado en sí mismo o mantiene un debate íntimo cuyo contenido ha de adivinar el espectador a través de la expresión muda del intérprete. El silencio no ha tenido la misma importancia a lo largo de la historia del teatro. Habitualmente ha sido un signo subordinado a la palabra, cuando no un recurso de divos para invitar al respetable a premiarle con sus aplausos. Hasta bien entrado el XX no ha tenido vida propia. La adquirió cuando algunos dramaturgos se plantearon explorar el mundo interior de sus criaturas escénicas.
Así sucede en algunas piezas de Pinter, en las que los silencios parecen expresar más de los que se desprende del lenguaje coloquial y aparentemente sin sustancia de los personajes. En cuanto a Beckett, baste decir que en Esperando a Godot incluyó cerca de ochenta pausas en los diálogos e indicaciones de que los personajes están reflexionando. Son silencios que engarzados en el texto crean un discurso coherente. Lo dicho no significa que, en el pasado, el teatro careciera de ideas o fuera menos profundo. ¡Faltaría más! Lo que sucede es que la palabra ha dejado de ser el único vehículo para transmitirlas y ahora comparte su protagonismo con el silencio. Para Peter Brook, la palabra se ha convertido en la parte pequeña y visible de una gigantesca formación invisible. En el teatro contemporáneo, el silencio es una herramienta del autor. Pero en aras de su eficacia, se requiere que el director la analice en profundidad, que obtenga de ella las mayores prestaciones y que los actores sepan manejarla. Para ello, han de ser capaces, en el proceso de asimilación de sus personajes, de completar las frases truncadas por puntos suspensivos y de rellenar las pausas establecidas por el autor. Es decir, completar el texto para luego, en el escenario, transmitirlo traducido a un silencio inteligible, pleno de significados.
______________________Jeronimo López Mozo
_____________________( (artículo aparecido en el ABCD, suplemento cultural, el sábado 9 de febrero de 2008)