19 de febrero de 2008

EL SILENCIO EN EL TEATRO

El silencio es, a veces, tan elocuente o más que las palabras. Sobre todo en el teatro. No me refiero al protagonizado por actores cuya relación con el público se establece exclusivamente mediante la acción y el gesto, como sucede en los espectáculos de mimo o danza. Ni al que a mediados del pasado siglo se propuso expulsar la palabra de los escenarios por voluntad de importantes directores de escena, consiguiendo que la propia representación, con su espectacularidad, sustituyera al texto. El silencio al que aludo es el que se produce en medio de un diálogo. El que se produce cuando el personaje reflexiona encerrado en sí mismo o mantiene un debate íntimo cuyo contenido ha de adivinar el espectador a través de la expresión muda del intérprete. El silencio no ha tenido la misma importancia a lo largo de la historia del teatro. Habitualmente ha sido un signo subordinado a la palabra, cuando no un recurso de divos para invitar al respetable a premiarle con sus aplausos. Hasta bien entrado el XX no ha tenido vida propia. La adquirió cuando algunos dramaturgos se plantearon explorar el mundo interior de sus criaturas escénicas.
Así sucede en algunas piezas de Pinter, en las que los silencios parecen expresar más de los que se desprende del lenguaje coloquial y aparentemente sin sustancia de los personajes. En cuanto a Beckett, baste decir que en Esperando a Godot incluyó cerca de ochenta pausas en los diálogos e indicaciones de que los personajes están reflexionando. Son silencios que engarzados en el texto crean un discurso coherente. Lo dicho no significa que, en el pasado, el teatro careciera de ideas o fuera menos profundo. ¡Faltaría más! Lo que sucede es que la palabra ha dejado de ser el único vehículo para transmitirlas y ahora comparte su protagonismo con el silencio. Para Peter Brook, la palabra se ha convertido en la parte pequeña y visible de una gigantesca formación invisible. En el teatro contemporáneo, el silencio es una herramienta del autor. Pero en aras de su eficacia, se requiere que el director la analice en profundidad, que obtenga de ella las mayores prestaciones y que los actores sepan manejarla. Para ello, han de ser capaces, en el proceso de asimilación de sus personajes, de completar las frases truncadas por puntos suspensivos y de rellenar las pausas establecidas por el autor. Es decir, completar el texto para luego, en el escenario, transmitirlo traducido a un silencio inteligible, pleno de significados.
______________________Jeronimo López Mozo
_____________________( (artículo aparecido en el ABCD, suplemento cultural, el sábado 9 de febrero de 2008)

1 comentario:

Viktor Gómez dijo...

Qué bueno.

El Teatro es el arte total.

Jerónimo es un delator a seguir.

Un abrazote,

Viktor